miércoles, 9 de mayo de 2012

Donde el diablo perdio su poncho


Don Lorenzo Cuéllar, prominente vecino de Warnes (léase Urbanes, a la usanza de la época), era una especie de caja de caudales en lo que respecta a dichos y dicharachos. Los largaba por montones, cualquiera fuese el tema de conversación y cualquiera su interlocutor, como quien distribuye bienes de fortuna, de los que quiere hacer merced en prueba de munificencia. Cuando venía “al pueblo”, y los periódicos de ese entonces no dejaban de saludarle en la columna del Social, visitaba entre los primeros a quien era su amigo y patrocinante de litigios judiciales: el entonces joven y ya prestigioso jurista Rubén Terrazas.
Cierto día cupo a quien esto escribe, niño a la sazón, la suerte de escuchar el diálogo que sostenían el viejo hacendado y el joven letrado. Hablaban al parecer de alguien ofrecido como testigo en el pleito sobre unas tierras que don Lorenzo sostenía con cierto vecino suyo.

-¡Oh! -musitó el fidalgo urbanense-. A éste no va a poder citárselo dentro del término de ley, porque vive lejos, muy lejos… Donde el diablo perdió el poncho.
El culto pero curioso letrado apuntó seguidamente, entre burlón y serio:
-Le he oído varias veces expedirse con ese dicho. ¿Puede Ud. indicarme, don Lorenzo, dónde queda ese lugar?.
-Por allá, por allá… Yo mismo no sé exactamente adónde. En todo caso a muy larga distancia de aquí, y en un paraje que sólo conoce poca gente.
-Si no conoce bien el lugar, estoy seguro de que conoce la historia. Es ocasión de que me la cuente.
-Con el mayor gusto, mi doctorcito. Aquí va la historia, tal como me la contó taita, y a éste el suyo y así sucesivamente.
Hace ñaupas vivía en su establecimiento un señor de los que en clase de cañeros y en condición de solterones cambian cada noche de colchón y muelen a dos y hasta a tres pailas. Demás está decir que ningún colchón era el de su cama propia y ninguna paila le había sido dada con bendición y latines de cura.
Vivía, pues, en pecado mortal y sin intención alguna de apartarse de éste. Con decir que no iba al pueblo sino a la muerte de un obispo, está dicho que no oía misa y con expresar que se pasaba las noches zangaloteando, queda expresado que no ocupaba su tiempo en rezos. Al saberle así, la gente murmuraba de él que era candidato seguro al infierno.
Cierto día le cayó a casa un forastero en calidad de alojado. Era un tipo joven y buen mozo, y desde que llegó hasta que se puso en camino de irse, no aflojó el poncho que llevaba puesto: Un poncho colla a franjas, grueso y tieso, que le cubría desde el cuello hasta los morocos. Con el achaque de que su mula estaba despiada, se quedó durante días en el “establecimiento”.
Poco tardó en ganarse la voluntad del dueño y, lo que es más, su confianza. Al fin consiguió aquello tras de lo cual había venido: Llevarse al dueño de casa por camino largo y con pretexto de venderle una estancia que dijo tener allá a la distancia. Partieron los dos bien montados, el uno con su cómoda chaqueta viajera y el otro embutido en su poncho.
Nadie sabe de qué trataron en el camino, ni qué hizo el uno con respecto al otro. Nada propio de cristianos debió de ser, si se juzgan las cosas por las que después sobrevino. El hecho es que seguían tirando para adelante, cada vez por más lejos de los trechos conocidos.
Entre tanto una de las prójimas que el campesino tenía en casa y molía con él en la molienda, entró en serios temores acerca de él. Desde un comienzo el emponchao no le había caído en gracia, y con esta prevención empezó a abrigar recelos en su contra. Tales recelos se hicieron mayores con la inesperada partida de ambos. Y tanto, que al día siguiente determinó ir en su alcance.
Guapa, valiente y práctica en monturas y viajes, como era, ensilló un caballo y salió al trote largo tras de los caminantes. Sin aflojar el trote, sino para echarle al galope, le fue suficiente ese día con su noche para lograr el arriesgado intento.
Era ya día claro cuando dio con ellos, en momentos en que se disponía para proseguir la marcha. Colocándose frente a los dos se dirigió a su conjunto, gritándole como angustiada:
-¡Ni un paso más, o te perdés pa siempre!.
El del poncho se apresuró a replicar, entre calmoso y ofendido:
-¿Quién sos vos para impedir a éste que vaya conmigo?.
La mujer alzó entonces el grito:
-Te conozco a vos: ¡Sos el mismo Mandinga!.
Al decir esto hacía la señal de la cruz, enérgica y no muy devotamente que se diga. El sujeto empezó a recular protegiéndose los ojos con la mano y el antebrazo.
La mujer llegó a mayores efectividades. Esgrimiendo el talero que tenía en la mano empezó a descargar sobre seguro una lluvia de latigazos. No necesitó de mucho para lograr su objetivo. El diablo, pues se trataba de éste, vivito y coleando, emprendió la fuga. Y con tanta precipitación hubo de proceder, que dejó prendido el poncho en una rama.
Fue así de cómo una mujer pudo más que el diablo, quitándole su presa y haciéndole perder el poncho. De allí viene el dicho, aunque no se mencione el hecho de haber sido una mujer la autora. Mejor así, para que la dignidad del hombre no sea tenida a menos.
Al decir este último, al tuno de don Lorenzo le florecía una sonrisa picaresca tras de los bigotazos rebeldes. 
 
 Tradiciones, Leyendas y Casos de Santa Cruz de la Sierra.
 Hernando Sanabria Fernández

El Guajojo



 
En lo prieto de la selva y cuando la noche ha cerrado del todo, suele oírse de repente un sonido de larga como ondulante inflexión, agudo, vibrante, estremecedor.
 Se diría un llanto, o más bien un gemido prolongado, que eleva el tono y la intensidad y se va apagando lentamente como se apaga la vibración de una cuerda……Oírle empavorece y sobrecoge el ánimo, predisponiéndole al ondular de lúgubres pensamientos y al discurrir de ideas taciturnas. Se dice que han habido personas que quedaron con la razón en mengua y punto menos que extraviadas…
Se sabe que quien emite ese canto es un ave solitaria a la que nombran de guajojó por supuestos motivos de onomatopeya…Son pocos los que la han visto, y esos pocos no aciertan a dar razones de cómo es y en donde anida. Refieren, eso sí, la leyenda que corre acerca de ella y data de tiempo antañones.
Erase que se era una joven india bella como graciosa, hija del cacique de cierta tribu que moraba en un claro de la selva. Amaba y era amada de un mozo de la misma tribu, apuesto y valiente, pero acaso más tierno de corazón de lo que cumple a un guerrero.
Al enterarse de aquellos amores el viejo cacique, que era a la vez consumado hechicero, no hallando al mozo merecedor de su hija, resolvió acabar con el romance del modo más fácil y expedito. Llamó al amante y valido de sus artes mágicas le condujo a la espesura, en donde le dio alevosa muerte…
Tras de experimentar la prolongada ausencia del amado, la indiecita cayó en las sospechas y fue en su búsqueda selva adentro…Al volver a casa con la dolorosa evidencia, increpó al padre entre sollozo y sollozo, amenazándole con dar aviso a la gente del crimen cometido…
El viejo hechicero la transformó al instante en ave nocturna, para que nadie supiera lo ocurrido… Pero la voz de la infortunada pasó a la garganta del ave, y a través de ésta siguió en el inacabable lamento por la muerte del amado...
 Tal es lo que referían los comarcanos sobre el origen del guajojó y su flébil canto de las noches selváticas.
Guajojó”SoySantaCruz.com.bohttp://www.soysantacruz.com.bo/Contenidos/1/Leyendas/Textos/B01-ElGuajojo.aspImágenes:Ave: Cote

domingo, 6 de mayo de 2012

El silbaco

Muchos cuentan que el silbaco es el mismo diablo que en forma de un pajarito Silva buscando a quien llevarse, cuando las personas se iban al monte a cazar animales por las noches escuchan un silbo como si fuera otra persona que quisiera comunicarse con ellos y le respondían con otro silbo pero enseguida eran respondidos por el silbaco pero ahora mas cerca que el primer silbo y así eran cada ves mas cerca y si le siguen salvando el sigue respondiendo, hasta que el silbo es en el oídos de las personas es como un chillido que es imposible se soportarlo y les causa la muerte instantáneamente y es así como el atrae a sus victimas o sus presas por que al silbaco o el diablo no le gusta que nadie le remede o le responda cuando el Silva porque cuando el silba esta anunciando que van a venir tiempos malos y es por eso que nuestro abuelos nos tratan cuando respondemos a un silbo diciéndonos que puede ser el silbaco que anuncia que va ha venir mal tiempo y no le gusta que le responda.
 
publicado por Elmer

El duende

Santa Cruz ha crecido a la sombra de mitos y leyendas que hasta el día de hoy suelen escucharse, sobre todo en el ámbito rural.
Las historias del duende, por ejemplo, han pasado de generación en generación contando las ocurrencias de ese personaje pequeño que se presenta con el aspecto de un niño de cinco o siete años, siempre descalzo, vestido con una camisa larga y con un sombrero grande de paja en la cabeza. Es considerado un espíritu travieso e irritante, que persigue y tira objetos a las personas, echa piedras, tierra o bosta a la comida, juega con los niños cuando están solos y muchas veces se los lleva lejos de sus casas, pero siempre aparecen con monedas, flores, juguetes, cuchillos o dulces que el duende les obsequia.
Germán Coimbra Sainz, en su libro Relatos Mitológicos hace un análisis sobre esta leyenda, donde señala que el duende llegó a Santa Cruz en 1542. “Vino en las naves de Domingo Martínez de Irala, y saltó a la tierra. Desde entonces mora en todos sus confines”, apunta. Explica también que el duende cruceño tiene las mismas características que el europeo y que no ha sufrido mestizaje como en otras regiones de América, donde a veces se lo confunde con seres míticos indígenas, y la única innovación que presenta es su adaptación al medio.
Las historias que se cuentan alrededor de la figura del duende son variadas, así como las recetas para ahuyentarlo cuando está cerca. Se dice, por ejemplo, que es bastante aseado y repugna todo lo que sea asqueroso

jueves, 3 de mayo de 2012

El pombero

El Pombero es el más popular de los duendes de la región guaraní. Su nombre viene del verbo "pomberiar", que significa espiar. Se lo describe como un hombre alto, delgado y velludo, que luce un enorme sombrero de paja. Otras versiones, que hoy parecen predominar, lo pintan como un petiso gordo, negro, peludo y feo; también como un enano fornido que camina con los pies hacia atrás, aunque con esta caracterización su figura tiende a fundirse.
El Pombero es el genio protector de los pájaros. Recorre el monte a la siesta con una caña en la mano, y si encuentra niños puestos en la tarea de cazarlos carga con ellos, para abandonarlos luego lejos de su casa, muertos o atontados. Otras versiones, afirman que les chupa la sangre hasta matarlos y los cuelga luego de un árbol. Claro que bajo tal amenaza las personas procuran no alejarse mucho de los ranchos en estas horas de descanso. También puede secuestrarlos en la noche, cuando andan detrás de los cocuyos. No hace ruido al caminar, razón por la cual en algunos sitios recibe el nombre de Py-ragüé, o sea, pies con plumas o pies velludos.
El Pombero pía, silba, remeda el canto de las aves. Puede también transformarse en indio, tronco y hasta tomarse invisible para entrar por el ojo de una cerradura. Le gustan los huevos frescos y la miel del monte. Masca tabaco negro y suele dormir en los hornos. No faltan los que celebran con él un pacto heroico, beneficiándose con su ayuda. Pero aunque le diviertan las transmutaciones, su representación esencial es antropomórfica.
Si se habla de él por las noches, es preciso hacerlo en voz baja para no ofenderlo. Conviene dejarle cerca del rancho un poco de tabaco para que masque. Para ahuyentarlo, hay que poner un diente de ajo en cada esquina de la casa.